martes, 1 de septiembre de 2009

Sobre el Coloquio La Fuente Interior

En la Casa de Escritores del municipio 10 de Octubre, en Ciudad Habana, ha comenzado a funcionar desde el mes de marzo un espacio de reflexión y coloquio titulado La Fuente Interior. Este evento se continuará realizando el último sábado de cada mes a las 4 pm en el local sito en la calle Revolución no. 81 entre Lagueruela y San Miguel (frente al parque Córdoba), en la Víbora.

Estos coloquios se proponen favorecer el intercambio de ideas sobre diferentes temas de la Enseñanza Universal de modo que los participantes puedan vivir una experiencia esclarecedora que se extienda a la vida cotidiana.

El procedimiento que se ha seguido consiste en partir de la lectura de un texto, redactado por los organizadores, el cual sirve de base y guía para la reflexión y el debate. En las tres primeras reuniones se abordaron aspectos nucleares del Simbolismo y los temas fueron: “ Simbolismo y Realidad”, “ El Simbolismo de los Cuentos Tradicionales”, y “Simbolismo y Realización Espiritual”.

A continuación se presentan los textos correspondientes, que han sido redactados en conjunto por dos de los organizadores de estos coloquios: José A. Carballo y Michael Lavoy. Se tiene a bien recordar que los mismos no pretenden agotar el tema sino ser un resorte que active ese surtidor espiritual que constituye el centro mismo de nuestro ser.

Finalmente queremos invitarlos a participar en los próximos Coloquios que a partir de septiembre abordaran el tema de la Transformación de la Conciencia.

Simbolismo y Realidad

Queridos amigos,
En este coloquio nos interesaría dilucidar algo de la complejidad del estado humano: cómo nos encontramos inmersos en la realidad, la interpretamos y la particularizamos.

El hombre actual está familiarizado, aunque sea vagamente, con la noción de que vivimos rodeados de símbolos. Algunos consideran incluso que el hombre mismo es un símbolo muy especial, o que la naturaleza toda es un símbolo. Estas ideas, que quizás hoy nos parezcan muy novedosas, forman parte de una sabiduría tradicional que ha acompañado al hombre desde la más remota antigüedad. Sin embargo, cabría preguntarse si estas afirmaciones son comprendidas en toda su extensión y profundidad por aquellos mismos que hoy las divulgan, es decir, si el mensaje contenido en estas indicaciones es todavía transmitido en toda su pureza original, o si ha sido deformado en cierta medida por obra de la mentalidad moderna.

En su acepción más general, el concepto de símbolo señala la relación de correspondencia existente entre objetos o seres de diferentes órdenes de existencia, en la cual el elemento que pertenece al orden subordinado es siempre símbolo del otro. Por ejemplo, se puede decir que el sol es símbolo de la consciencia clara y despierta, o que el león simboliza la nobleza y el valor, mientras que sería absurdo, por ejemplo, afirmar que un hombre valiente es un símbolo del león.

Un caso especial del símbolo es el signo. En el signo la correspondencia es establecida por convenio, y tiene un alcance exclusivamente sociocultural. Ejemplos de signos son los símbolos patrios, los logotipos, las señales de tránsito, los símbolos de los elementos químicos en la tabla periódica, etcétera.

Todas las imágenes, sonidos, palabras y gestos son símbolos en tanto que hacen alusión o representan alguna cosa. El símbolo es el medio de comunicación por excelencia; permite a los hombres comunicarse entre ellos y con la realidad. Por lo tanto, decir que el mundo es un conjunto de símbolos equivale a negar que exista alguna cosa que sea insignificante.

De acuerdo con lo anterior, resulta evidente que el hombre interpreta y representa la realidad a través de símbolos. Pero, ¿qué entendemos por realidad?

Usualmente llamamos realidad a todo aquello que nos llega, o nos puede llegar, a través de los sentidos o de nuestro método de conocimiento racional, es decir al mundo de los objetos y las ideas en que estamos inmersos. Así, hablamos de una realidad objetiva (el mundo de los objetos) y de una realidad subjetiva (el mundo de las ideas), que diferenciamos. Y tomamos a esa realidad subjetiva por una representación simbólica de la llamada realidad objetiva. Por lo general el hombre moderno considera que vive en esa representación simbólica, y para él el acercamiento de esa representación simbólica a la realidad objetiva es con frecuencia un propósito esencial.

En cambio, al abordar esta relación entre la realidad y lo simbólico el enfoque de la enseñanza espiritual tradicional consiste en reconocer que tanto la realidad objetiva como la realidad subjetiva son la expresión simbólica de una Realidad profunda. Esta expresión simbólica es la Manifestación de esa Realidad correspondiente a nuestro estado de ser.

Para ilustrar la naturaleza de la relación entre la Realidad y la Manifestación o mundo de las experiencias sensibles consideremos el ejemplo de un foco de luz, cuyo resplandor es reflejado por cierto número de espejos de variada forma y calidad. En dependencia del punto de vista en que se sitúe el observador así como de las características particulares de cada espejo, podría decirse que, en algunos casos, el foco ha sido deformado de tal o cual manera, o que se encuentra situado en un punto u otro de un espejo, lo cual no deja de ser cierto en el nivel de realidad relativo a ese espejo; pero si miramos directamente al foco constatamos que, sin importar las modificaciones que puedan sufrir estos espejos y sus imágenes reflejadas, el verdadero foco de luz permanece inalterado, su unidad no es afectada por la multiplicidad de reflejos, y ciertamente no está localizado en ninguno de ellos.

No debemos olvidar pues que el mensajero no es el mensaje, que el mapa no es el territorio. Confundir la Realidad con la descripción o representación de la realidad que nos ofrecen los símbolos es ignorar la función del simbolismo. Este error de confundir el representante con lo representado es muy común, y se conoce como idolatría.

Hay que tener en cuenta además que un mismo símbolo puede servir de vehículo a influencias muy diversas, a tal punto que en alguno casos pueden ser incluso opuestas. Se conoce que el león es tanto un símbolo del Cristo como del anticristo, o que la noche puede representar lo mismo a la ausencia de luz espiritual como al estado anterior a la manifestación, que contiene en sí toda la luz en estado potencial y es conocido en el cristianismo como la Divina Tiniebla.

Quizás un ejemplo más cercano a nuestra experiencia cotidiana pueda arrojar luz sobre este punto. Tomemos el caso de los símbolos más usados en nuestras conversaciones: las palabras. Todos conocemos la realidad a la que hace referencia la frase “te amo”, la pureza y luminosidad del sentimiento al que puede servir de vehículo; sin embargo, esto no impide que la misma frase pueda ser usada como vehículo de influencias muy diferentes, tales como el deseo egoísta, la búsqueda de placer a toda costa, la manipulación, e incluso la indiferencia. Las apariencias también pueden engañar.

Una vez que se ha llegado a desconocer el papel relativo y subordinado del símbolo, es muy fácil caer en el error que consiste en absolutizar el significado de los símbolos.

El símbolo cuyo significado ha cristalizado para nosotros se nos aparece opaco, y en lugar de cumplir con su propósito de transmitir información se convierte en un obstáculo para nuestra correcta comprensión de la realidad. Y esta misma opacidad contribuye a fortalecer nuestra ilusión de que estamos presenciando la realidad y no sólo uno de sus mensajeros. Es así como, por ejemplo, el oro o el dinero deja de ser considerado una de las múltiples manifestaciones de la riqueza para convertirse en sinónimo de riqueza y prosperidad, sin importar que la experiencia nos indique lo contrario una y otra vez. Esta cristalización de significados se conoce con el nombre de prejuicio, estereotipo, o sistema de creencias.

Para leer correctamente un símbolo hay que ser capaz de reconocer el tipo y la calidad de la influencia que está siendo canalizada por él. La calidad está determinada por el origen o principio del mismo, el punto de vista bajo el que se sitúa, y corresponde a la coordenada vertical en una representación cruciforme, mientras que el tipo se refiere al fin o intención, el objetivo que realiza dentro de la multiplicidad. El tipo es una consideración descriptiva (coordenada horizontal) que nada dice de la calidad, por lo tanto, es erróneo considerar, entre dos eventos pertenecientes a un mismo grado de la existencia (plano horizontal), que uno de ellos es superior.

El simbolismo de los cuentos tradicionales

De manera general, se puede dividir el conocimiento que se obtiene a través del pensamiento en sintético y analítico. El conocimiento analítico corresponde al trabajo de la mente concreta, que almacena y organiza las disímiles experiencias e informes de los sentidos. La síntesis es obra de la mente abstracta o superior, que extrae de un conjunto de experiencias particulares las generalidades o normas a las que obedecen, como en el caso de la geometría, que define las características de una figura sin tener en cuenta su tamaño o color sino tan sólo sus relaciones internas y con otras figuras. Así, cuando habla de un círculo, no se refiere a un círculo en particular, dibujado por una persona o perceptible en una formación natural, sino a la idea círculo, cuya vida es independiente de las múltiples manifestaciones que de ella podamos observar. Las ideas trascienden la experiencia sensible, pero allí donde se posan otorgan significado y armonía a esta experiencia.
Las narraciones tradicionales, así como todo el arte tradicional[1], son sintéticas. No se interesan por un hecho particular más que en la medida en que este sea ejemplar, o sea, que manifieste con fuerza y claridad la norma a la que obedece. En otras palabras, un hecho es ejemplar y digno de ser relatado si la presencia del espíritu se hace evidente en él.

Sin embargo, existe una diferencia entre los contenidos de estas narraciones y el de otros cuerpos de conocimiento sintético como las matemáticas o ciencias en general. Estos últimos son el resultado de una elaboración de experiencias pasadas y por lo tanto no pueden establecer nunca certezas absolutas, mientras que las narraciones tradicionales son la manifestación de un conocimiento directo que trasciende a la mente.

En la ciencia tienen lugar procesos de carácter deductivo e inductivo, en cambio los cuentos tradicionales no resultan de la generalización de una serie de experiencias sino que su lógica procede invariablemente desde lo trascendental a lo universal, y desde allí a lo particular. De este modo, en los cuentos tradicionales se emplea la analogía y la alegoría para producir en el receptor el reconocimiento, según su estado de ser, de verdades profundas relativas al alma y a su relación con el espíritu.

En las narraciones tradicionales, el alma atrapada en la ignorancia es representada por una doncella en peligro, o encerrada en una torre, o durmiendo un sueño semejante a la muerte, los monstruos villanos son la representación de las enfermedades que sufre el alma, y el héroe libertador es el espíritu, el remedio universal. Cuando la unión entre la doncella y este “príncipe azul” es consumada, el alma está fuera de peligro y juntos viven felices para siempre.

Una de las características esenciales del simbolismo es que utiliza los elementos de la realidad cotidiana de la época, y esto tiene que ser así necesariamente para que haya una comunicación efectiva. Aquel que no esté apto para recibir el mensaje, interpretará los símbolos en los términos propios de su estado de vida, es decir, de su estado de consciencia, marcadamente ligado a la vida terrenal. Es así como en la actualidad, y ya desde hace siglos, el hombre suele tomar por recursos estéticos o elementos de imaginación poética a la expresión de las verdades universales más profundas mediante ese lenguaje técnico que es el simbolismo, común a todas las tradiciones genuinas. El propósito de estas narraciones no es el entretenimiento, aunque así sea considerado en una civilización que prefiere la vida del placer a la vida de la actividad o de la contemplación.

Esta incomprensión se manifiesta tanto en las versiones modernas de estas historias, en las que muchas veces se modifican o se eliminan completamente elementos nucleares del mensaje, como en las producciones de la llamada literatura fantástica, que al copiar el estilo e introducir elementos de estas narraciones antiguas son tomadas por tradicionales cuando en realidad son expresiones de la mentalidad moderna en un ambiente exótico artificialmente creado. Y es que las narraciones tradicionales no solamente no son fantásticas, sino que son eternamente verdaderas, mientras que los hechos son solo eventualmente verdaderos.

De igual manera, muchos elementos de estos cuentos tradicionales son reducidos a clichés del lenguaje. “Así, nosotros hablamos de un «dicho brillante» o de un «ingenio brillante», sin la menor consciencia de que tales frases se apoyan en una concepción original de la coincidencia de la luz y del sonido, y de una «luz intelectual» que brilla en toda la imaginería adecuada; decimos que «me ha dicho un pajarito» sin reflexionar que el «lenguaje de los pájaros» es una referencia a las «comunicaciones angélicas»”. [2]
A pesar de estas incomprensiones y deformaciones que muchas veces han llevado a considerar estas historias como cuentos infantiles, quien sepa mirar con el corazón reconocerá en ellos la fiel conservación por parte del pueblo de una enseñanza metafísica ancestral, en la que podemos encontrar toda la historia del plan de la redención y de su operación.

Simbolismo y realización espiritual

Como preámbulo a este estudio son convenientes algunas aclaraciones relativas al concepto de realización espiritual. La realización espiritual no es una práctica religiosa exterior, ni el éxito en una empresa de tipo humanitario o en mantener buenas relaciones con los demás, llenas de afecto y compasión, o llevar una vida donde no haya notas discordantes, en un ambiente amoroso y fraternal.

Todo eso no está mal pero puede no estar bien ya que si se establece como meta llega a convertirse en una barrera o coraza que protege de los embates de la adversidad pero también impide la irrupción del espíritu. Lo que se alcanza es un estado de autocomplacencia que alimenta a la personalidad y que puede describirse como dormirse en los laureles.

En adición a esto, esos estados que pueden ser tomados, sin serlo, por una realización espiritual, suelen ser alentados por entidades que están interesadas en mantener al hombre en su actual separación del espíritu, y por lo tanto propagan falsas enseñanzas que ofrecen seguridad psicológica y aceptación del orden de cosas que es familiar.

El rasgo característico de esta situación es que el hombre pierde la real perspectiva de lo que es realización espiritual.

La realización espiritual es la identidad suprema, el perfecto conocimiento de Dios mediante la comunión, que implica el desgajamiento de este orden terrenal de existencia y, si la permanencia en este es necesaria, entonces es estar en el mundo sin ser del mundo.

En el camino de la realización espiritual se distinguen tres etapas que representan un cambio fundamental y estructural del hombre.

En primer lugar debe ocurrir un Renacimiento Fundamental, que consiste en la Penetración del Espíritu como consecuencia del abandono del egoísmo y la egocentricidad, de toda conducta autoconservadora. Este abandono no puede ser el resultado de una decisión personal o un acto premeditado, sólo es posible cuando sin forzar nada y sin exaltación se pierde todo interés por las cosas de este mundo y nuestros intereses se centran espontáneamente en la vida liberadora en la fuerza de la fe y el discernimiento.

En segundo lugar ocurre el Renacimiento Místico: el descenso del espíritu en la personalidad crea un alma nueva, que surge en calidad de consciencia nueva y clara y se caracteriza por una manera nueva de pensar, de querer, de sentir y de actuar, en unión con el espíritu.

La tercera etapa es el Renacimiento Estructural, que comprende el renacimiento de todo el cuerpo material, incluyendo el doble etérico, y su reintegración en su estado divino original.

Existe un cuerpo de conocimiento y práctica ritual que permite la realización de los procesos antes mencionados, es lo que se conoce como Enseñanza Universal, cuyo medio de expresión inherente es el simbolismo.

En su acepción más general, el concepto de símbolo señala la relación de correspondencia existente entre objetos o seres de diferentes órdenes de existencia, en la cual el elemento que pertenece al orden subordinado es siempre símbolo del otro. Considerado bajo esta luz, el simbolismo se revela como una ciencia exacta que permite expresar lo inexpresable del mundo divino a través de los elementos correspondientes de la experiencia humana común.

Esta correspondencia entre los diferentes estados del ser puede ser ilustrada con claridad mediante el símbolo de la cruz, que puede considerarse como la reunión en un tejido de un hilo de la urdimbre y uno de la trama, los cuales representan respectivamente el eje vertical y el horizontal. “la urdimbre, formada por hilos tendidos en el telar, representa el ele­mento inmutable y principial, mientras que los hilos de la trama, pasando entre los de la urdimbre por el vaivén de la lanzadera, representan el elemento variable y contingen­te, es decir, las aplicaciones del principio a tales o cuales condiciones particulares.”[3] Al mismo tiempo la línea vertical representa lo que une entre sí todos los estados de un ser a todos los grados de la Existencia (cuyo despliegue es representado por la línea horizontal), manifestando la correspondencia entre estos diferentes grados.

Esta correspondencia vertical es el principio en el que se basa el uso tradicional del símbolo, ya sea como vehículo de las influencias espirituales que bajan o como soporte para elevarse, mediante su contemplación, hasta la realidad suprasensible de la que estos símbolos son la manifestación perceptible. La división conforme a los sentidos descendente o ascendente es de carácter puramente didáctico, ya que en la práctica se trata de una misma operación considerada, en el primer caso, según su fuente o principio, y en el segundo según su finalidad. La soga que desciende de lo alto, haciendo posible el ascenso hacia su punto de origen de aquellos que se aferren a ella, es una representación muy adecuada de este doble aspecto del símbolo, que es particularmente evidente en el caso del rito.

En efecto, el rito puede verse como una combinación, en el espacio y en el tiempo, de un conjunto de símbolos ordenados para el logro de una influencia espiritual determinada, y cuya comprensión permite el ascenso espiritual.

Finalmente, cabe señalar que cualquiera que sea la modalidad del símbolo, este puede considerarse como un acto ritual. El simbolismo visual puede dividirse en el gesto –movimiento corporal– y en el símbolo gráfico, el cual constituye la fijación de un gesto ritual, y cuyo trazado mismo es con frecuencia un rito que ha de obedecer a consideraciones propias tanto del simbolismo espacial (orientación, ubicación, relación entre las partes) como del temporal (orden de los trazos, ritmo, duración). Por su parte, el símbolo sonoro sólo puede manifestarse durante el cumplimiento de un rito, del cual podría ser incluso el único componente, y tanto el movimiento del ejecutante en el caso del uso de instrumentos musicales como el de las cuerdas vocales al emitir palabras o sonidos simbólicos son propiamente gestos rituales.

[1] Aquí se toma el término “tradicional” en su acepción original y más elevada, en la que se refiere a la transmisión de un elemento espiritual, que supera y gobierna tanto al estado humano como a cualquier otro estado individual, así como a la dependencia esencial de todas las cosas con respecto a los principios trascendentes. Es de esta manera que se entiende que en una sociedad tradicional todas las acciones se cumplen en calidad de ritos.
[2] Citas de A. K. Coomaraswamy, El Simbolismo Literario

[3] René Guénon, El simbolismo del tejido.

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