martes, 1 de diciembre de 2009

El Rosario tolteca

Por Frank Díaz












La tradición de recitar frases o palabras sagradas con la ayuda de un rosario está difundida entre las principales religiones del mundo. Probablemente, los inventores de este implemento fueron los hindúes. Desde tiempos inmemoriales, aparece en la India el collar sagrado, llamado Japamalam, “rueda de invocaciones”, en relación con Brahma, el dios creador. El rosario hindú se compone de 108 cuentas rematadas por un cono que representa la montaña donde, según el mito, ocurrió la creación del ser humano. También existen variantes de 27 y 54 cuentas.

Los budistas transformaron el rosario hindú en el atributo de Avalokiteshvara, el Buda de la compasión. Los misioneros de esta fe lo llevaron a China, Japón y la Europa oriental, donde fue conocido y adoptado por los griegos y romanos, primero, y más tarde por los musulmanes.

El rosario musulmán tiene 99 cuentas que representan los nombres externos de Dios; se omite el nombre número 100, porque es oculto. Los turcos suelen dividir esta cantidad en tres bloques dedicados a los tres aspectos de la Deidad: “el alabado”, “el glorioso” y “el grande”.

Se ignora qué origen tiene el rosario cristiano pero, probablemente, fue tomado de los romanos. Hay evidencia de que ya era empleado en el siglo VIII después de Cristo por los devotos iletrados, para ayudarse a recordar los salmos de la Biblia. A fines del siglo XII, el monje católico Pedro el Ermitaño enarboló el rosario en su lucha contra los cristianos albigenses, quienes se oponían al poder de Roma. Poco después, Domingo de Guzmán, fundador de la orden de los dominicos, reconoció el potencial meditativo de las letanías del rosario musulmán e instituyó el Santo Rosario cristiano, afirmando que la propia Virgen María se lo había enseñado. En su versión más común, este rosario se compone de 50 cuentas organizadas en grupos de 10, pero también los hay de 150. Su nombre es metafórico, pues los rezos son comparados con guirnaldas de rosas ofrecidas a la Virgen.

El Rosario tolteca

Los antiguos mexicanos también conocieron el rosario y lo usaron en forma similar a los demás pueblos, según atestiguaron los cronistas europeos. Por ejemplo, el padre Francisco Hernández asegura: “Ellos usaban en sus rezos unas cuentas como las nuestras, que llamaban Tzoactli, lo cual quiere decir en su lengua pobrecillo.” (Antigüedades de los indios)

El nombre Tsoaktli significa literalmente semilla arrugada, pues las cuentas por lo general se confeccionaban con este material (aunque también había rosarios de materiales nobles, como el jade y el oro). Otro nombre que le daban era Tlakopatli, canutillos. Al acto de repasar las cuentas le decían Soso, repetición.

El rosario era un símbolo distintivo de los monjes toltecas, según podemos ver en diversos códices y monumentos. Un texto sagrado maya afirma que se relacionaba con la iniciación de los monjes en los misterios sagrados: “Así es el len guaje de los misterios: le dice (el maestro al aprendiz): Hijo mío, si eres un hombre verdadero, busca las cuentecillas verdes con que oras. Las cuentas que así le pide son las piedras del collar precioso.” (Chilam Balam de Chumayel, Lenguaje de Zuyua)

La importancia que le daban los mesoamericanos a este objeto era tal, que incluso podía representar a la persona en las ceremonias, según observó el padre Sahagún: “(Ellos usaban) unas cuentas de palo que llamaban Tlacopatli. (Cuando el joven novicio abandonaba el monasterio) le quitaban las cuentas y las dejaban en el monasterio, porque decían que el espíritu del muchacho estaba unido a las cuentas, y el mismo espíritu hacía los servicios de penitencia por él.” (Historia General III)

Los monjes de Anawak solían transportar sus rosarios en unas bolsas llamadas Shikipilli, donde también llevaban motas de algodón, espinas y otros implementos rituales. Es posible que las bolsas sirvieran para introducir la mano y pasar las cuentas mientras iban de camino.

Su estructura y forma de uso

El rosario tolteca se fabricaba con cualquier semilla o piedra semipreciosa que tuviera un tamaño apropiado para pasar entre los dedos, es decir, ni muy grande ni muy chica. Las cuentas formaban grupos alternos de 9 y 13 (los números clave del calendario mesoamericano), tal como vemos en la imagen de un vaso maya, donde el dios anciano Creador del Universo se asoma por el caracol que le sirve de casa y cuenta los ciclos de tiempo. Había rosarios cortos y largos, pero sus cuentas eran múltiplos de los principales números calendáricos 9, 13 y 20. Con frecuencia, las cuentas estaban coronadas por una mayor, que servía de punto de partida y conclusión.

Una vez fabricado el collar, se dedicaba en un rito de consagración, sahumándolo con copal y rociándolo con Teoatl, “agua sagrada”. También, era costumbre que los practicantes le prometieran algún voto, como, por ejemplo, dejar de comer carne durante una veintena. Un modo muy bonito de consagrar los collares, era sometiéndolos a un baño ritual de temascal.

Se podía practicar tanto con la mano izquierda como con la derecha. La mano se colocaba entre el vientre y la garganta, nunca por debajo del ombligo. Las cuentas se suspendían sobre el dedo medio y se halaban con el pulgar. Los dedos medio y anular se contraían, en tanto el índice y el meñique quedaban algo estirados, formando un gesto de gran importancia simbólica, pues significa que el meditante ha quedado reducido a nada, controlando su cuerpo, mente, ego e inclinaciones animales, a fin de fundirse con la divinidad.

Las cuentas se rotaban en una sola dirección, de forma ininterrumpida. Se podía hacer una rotación o muchas, pero siempre en números enteros, es decir, no era correcto dejar el rosario a la mitad. El ejercicio se realizaba en una postura meditativa, ya fuese sentado o de pie, con la espalda recta, en un estado de profunda concentración, aplicando toda la atención, tanto al acto de pasar las cuentas como de pronunciar las oraciones.

Se podían recitar oraciones completas, frases, palabras e incluso sonidos aislados, ya fuese en voz alta, baja, o de manera mental. En el caso de recitarse palabras con un significado, el devoto debía meditar en este, “saboreándolo”, por decirlo así, hasta captar su esencia espiritual.
Propósitos de la práctica

El rosario tolteca servía para cuatro propósitos principales: como recurso mnemotécnico, para propiciar la meditación, como ofrenda ritual y como canal psicológico. Veamos cada uno de estos:

1. El uso mnemotécnico se basaba en el hecho de que las cuentas ayudan a fijar en la memoria las expresiones o rezos. Esto era importante en el México antiguo, porque, con frecuencia, la literatura sagrada no se escribía, sino que había que memorizarla.

2. Para entender el uso meditativo del rosario, hay que practicar la meditación. Este es un ejercicio de desarrollo de la conciencia que comienza con una postura correcta y una respiración calmada. Luego, concentramos la mente, ya sea visualizando una imagen, escuchando música o pronunciando frases. El rosario puede ser de gran ayuda en este punto, porque combina la verbalización con los sentidos del tacto y el ritmo, contribuyendo a que la mente no se disperse. Una vez que estamos concentrados, hay que suspender el rosario y permanecer en silencio mental.

3. La práctica del rosario como ofrenda tenía que ver con las creencias de los anahuacas, según los cuales, el mundo fue producto del sacrificio de la Serpiente Emplumada. Un modo de devolverle toda la atención que nos ha prestado, consistía en memorizar sus nombres y atributos con la ayuda del collar. Este sentido quedó recogido en una imagen de una estela maya, donde vemos que, de la mano del practicante, sale la vírgula de la palabra orientada hacia arriba, lo cual significa “oración de gracias”.

4. Por último, esta práctica tenía un sentido psicológico, pues servía para anclar los buenos deseos y estados de conciencia, y para canalizar las tensiones.

Después de una gran cantidad de letanías, se establecía un fuerte vínculo afectivo y energético entre el devoto y su rosario, que se transformaba, de ese modo, en un “objeto de poder”, es decir, algo capaz de convocar un elevado estado de atención. En adelante, de solo tocarlo, la mente entraba en un estado de concentración y silencio.
Su simbolismo

El rosario tolteca se componía de dos partes que podemos llamar Nagual o “interna” y Tonal o “externa”. El lado nagual era el Mekatl, hilo. Simbolizaba lo continuo, lo invisible, la esencia, el alma o, mejor dicho, el potencial de realización que todos poseemos. Filosóficamente, representaba la unidad subyacente a todas las cosas, cuyo nombre era Senteotl, unidad divina. Por lo tanto, al pasar el rosario, el practicante usaba el hilo como guía para reunificar su limitada experiencia humana con el ilimitado océano de la Conciencia Cósmica.

El lado tonal eran las cuentas. Representaban lo discontinuo, la apariencia, lo que se puede contar y manipular, es decir, la forma humana. También estaban simbolizadas por Senteotl, pues otra traducción de este nombre es divina semilla. Naturalmente, las semillas aludían al poder germinador o creador de la Serpiente Emplumada. Repasar el collar era un acto equivalente a sembrar, a producir vida; por ello, en el arte mesoamericano se mezclan las imágenes del practicante y el sembrador.

Pero el simbolismo era más profundo pues, en nawatl, el concepto de brotar o reverdecer se dice Shoshou’ki, término que también significa libertad. De manera que, al repasar las cuentas, el devoto proyectaba hacia lo alto su intento de ser libre, que es el fin de la práctica tolteca.

Otro aspecto a considerar, es que la secuencia de las cuentas sugiere un proceso gradual, evolutivo, lo cual se confirma por el nombre nawatl de la cuenta, Shiwitl, que también significa ciclo. Por ello, las cuentas se distribuían en los números representativos de los ciclos calendáricos más impotantes.
La práctica de los 9 y 13 Señores

El rosario tolteca se podía usar de diversas maneras, según quedó registrado en los documentos. Las principales eran las siguientes:

1. La práctica matutina.

La forma más común de saludar a la Divinidad al levantarse en la mañana o al acostarse en la noche, era repasando los 9 y 13 nombres o atributos divinos. Aparece descrita en los siguiente textos mayas: “Nueve dioses, trece dioses, así voy contando alternativamente, así voy repasando mis cuentas.” (Chilam Balam de Tuzik) “Yo invoco a los nueve divinos y a los trece divinos, en ese orden. Así es como cuento y repaso mis cuentecillas’.” (Chilam Balam de Chumayel, Lenguaje de Zuyua)

Los Yowakteku’tli, nueve señores de la noche, eran los aspectos de la Serpiente Emplumada encargados de propiciar el crecimiento de los cuerpos. Se les invocaba para propiciar buena salud, prosperidad material, y positivas relaciones familiares y sociales. La idea no era pedirle estos beneficios a la Deidad, sino concentrarse en ellos, incorporando su estado de conciencia mediante el uso de la voluntad. Los nombres de estos Señores eran:

* Shiu’teku’tli, señor del fuego
* Itstli, cuchillo de obsidiana
* Piltsinteku’tli, niño señor
* Senteotl, divina unidad
* Miktlanteku’tli, señor de los muertos
* Chalchiu’teku’tli, señor precioso
* Tlasolteotl, divina inmundicia
* Tepeyollotl, corazón de la montaña
* Tlalok, sobre la tierra

Por otra parte, al repasar las cuentas dedicadas a los Tonalteku’tli, trece señores del día, el devoto se predisponía para el despliegue de la conciencia y el manejo de los estados no ordinarios de conciencia, tales como el sueño, la meditación y la muerte. Los nombres de estos Señores eran:

* Shiu’teku’tli, señor del fuego
* Tlalteku’tli, señor de la tierra
* Chalchiu’teku’tli, señor de los jades
* Tonatiu’, sol
* Tlasolteotl, divina inmundicia
* Miktlanteku’tli, señor de los muertos
* Shochipilli, príncipe de las flores
* Tlalok, sobre la tierra
* Ketsalkoatl, serpiente emplumada
* Teskatlipoka, humo del espejo
* Yowalteku’tli, señor de la noche
* Tlawiskalpanteku’tli, señor de la aurora
* Sitlalinikue, falda de estrellas

2. La práctica del Tonalpowalli.

Otra forma de usar el rosario, consistía en ajustar los rezos a los ciclos del año sagrado mesoamericano, llamado Tonalpowalli, cuenta de los tonales. Quedó descrita en el siguiente texto maya: “Le pregunta (el sacerdote al aprendiz): ¿Cuánto tiempo oras? (El aprendiz) deberá responder: Padre: yo oro en el primer día (de la veintena) y también en el décimo. Le pregunta de nuevo: ¿En qué otros días alzas tu oración? Oh, padre: elevo mi oración en el noveno día (de la trecena) y también en el decimotercero.” (Chilam Balam de Chumayel, Lenguaje de Zuyua)

La razón de usar estos días en particular, dentro de los ciclos calendáricos de la veintena y la trecena, era que se consideraban auspiciosos para comulgar con los poderes del cielo y de la tierra.

3. La práctica progresiva.

Esta técnica también estaba relacionada con el Tonalpowalli o año sagrado. Consistía en ir aumentando el número de rezos a medida que pasaban los días de la novena y la trecena. He aquí su descripción: “Oh padre: yo hago un solo rezo el primer día, y conforme rezo cada día, voy añadiendo (una) a mis oraciones, hasta el noveno y el decimotercer día.” (Chilam Balam de Tuzik)

Tales progresiones paralelas de 9 y 13 días se empataban a los 117 días, una duración que, no por casualidad, es el número de días que los mesoamericanos le atribuían al año sinódico del planeta Mercurio, quien era el “mensajero” celeste e intercesor ante la Serpiente Emplumada.

4. La recitación del año.

Otra forma de disponer el rosario, que también tiene un origen calendárico, consiste en repasar 17 trecenas intercaladas con 16 novenas, a fin de completar la duración del año civil (365 días). Según se colige de diversas descripciones de los cronistas, para contar el número de invocaciones, los antiguos colocaban un puñado de granos de maíz e iban quitando uno por cada novena y cada trecena que rezaban.

Articulo de www.templotolteca.com

lunes, 16 de noviembre de 2009

El Credo Tolteca

Por Frank Díaz

Wellateumatini katia. Ka sa se inteou’
kisemmatia inkinotsaia inkitlatlau’tiaia
initoka Ketsalkoatl.
Intlamakaskau’katka inteupishkaun
san noitoka Ketsalkoatl.

Au’ inin senka wellateu’matini katka
intlein kimilwiaya inteupishke in Ketsalkoatl
welkichioaya amo kitlakuaya.

Ka kimilwi kinnonots:
“Ka sa sen teotl itoka Ketsalkoatl.
Atle kineki. San koatl san papalotl
Inankimakaske inishpan ankimiktiske”.

Eran cuidadosos con las cosas divinas.
Sólo un Dios tenían, al que invocaban, suplicaban.
Su nombre era Serpiente Emplumada.
El sacerdote y servidor
también era llamado Serpiente Emplumada.

Y tanto respetaban las cosas divinas,
que todo lo que les decía el (sacerdote) Ketsalkoatl,
eso hacían, no lo cambiaban.

Él les advertía: “Sólo hay una Deidad,
Serpiente Emplumada es su nombre.
Nada pide. Sólo serpientes y mariposas,
eso le ofreceréis y le sacrificaréis”.







En la abundante literatura devocional del México antiguo que se conserva, es difícil encontrar dogmas o definiciones absolutas. Ello se debe a que las ideas religiosas de los anahuacas no se basaban en creencias, sino en la experiencia directa de lo divino. Prueba de lo anterior, es el nombre que dieron los nahuas a la fe: Neltokilia, verificar la verdad.
Por eso, resulta doblemente interesante encontrar, entre los textos que redactaron para el padre Sahagún sus informantes nativos, una afirmación dogmática, que hemos tomado como proclamación de fe del Templo de la Serpiente Emplumada. La cita aparece en el Códice Matritense; se reproduce con su traducción textual en el encabezado de este artículo. Ahí se expone, de un modo muy sencillo, lo que opinaban los mesoamericanos sobre la Deidad y su relación con el ser humano. Su primer enunciado afirma:

Ka sa sen teotl,
la Deidad es una sola.

Para entender esta frase en toda su profundidad, hay que recordar que los antiguos toltecas no aceptaban la existencia personal de Dios; el término Teotl tenía función de adjetivo, significando divino. Por lo tanto, aquí no se habla de "Dios", en el sentido bíblico, sino de ese estado unificado de la energía del cual emanan todas las cosas; un estado que es llamado en nawatl Setilistli, unidad, y da nombre al Universo: Semanawak, la unión de los contrarios.
Todos los seres vivos poseemos, ya sea en forma instintiva o intuitiva, una noción de la unidad subyacente en la diversidad de fenómenos que atestiguamos. Aún un gusano o una planta perciben que su vida tiene un centro, una razón de ser en torno a la cual giran todas sus acciones. La ciencia moderna ratifica ese sentimiento, al proponer una teoría unificada que pretende explicar la totalidad de la existencia.
Al proclamar la unidad como primer punto, el Credo Tolteca no sólo hace suya esa vocación de universalidad que distingue a las verdaderas religiones, sino que también excluye la ingenua creencia en una dualidad divina antagónica, es decir, en un Dios infinitamente bondadoso que se opone a un Diablo todo maldad. Ambos seres folklóricos, nacidos de una mala interpretación del pensamiento bíblico, simplemente no caben en la cosmovisión tolteca. Una vez enunciado este axioma central, el texto pasa a describir la naturaleza de la Deidad, afirmando:

Itoka Ketsalkoatl,
su nombre es Serpiente Emplumada.

Una persona no versada en el pensamiento anahuaca podría interpretar esta frase en un sentido estrecho, como el intento de promover al dios de los antiguos mexicanos por encima de otros. Pero, nada más lejos de la intención original de quien o quienes redactaron este texto.
Digámoslo otra vez: Serpiente Emplumada no es el nombre de un ser personal, sino una metáfora del proceso evolutivo.
Los toltecas sostenían que el mundo fue creado gradualmente, a través de largos ciclos geológicos y biológicos, en los cuales se probaron diversas fórmulas para el engrandecimiento de la conciencia, hasta que, por fin, ocurrió el "milagro" de la autorreflexión y el ser humano pudo invocar a los dioses - es decir, plantearse un proyecto espiritual de vida. Este proceso fue comparado con una serpiente que echa plumas y vuela, escapando de las fuerzas de la materia.
Al darle a la Deidad el nombre de Serpiente Emplumada, el texto define su naturaleza; afirma que el Ser Supremo es un poder que tiende al autodesarrollo. Puesto que, según vimos, ese Ser es uno en todos y con todos, entonces no es otro que nuestro potencial de autorrealización; un potencial que se delata a través de ese sentimiento que todos compartimos: el anhelo de algo mejor.
De modo que, lejos de implicar un adoctrinamiento estrecho en favor del dios anahuaca, el Credo Tolteca nos habla de evolución y trascendencia de las limitaciones derivadas del nombre, la cultura y la religión. Ese sentido de trascendencia quedó recogido en la estructura negativa del siguiente verso:

Atle kineki,
nada exige.

Esta afirmación es extraordinaria, sobre todo, si la comparamos con los exigentes reclamamos de los dioses del Viejo Mundo, siempre ávidos de diezmos y devociones exclusivas. Los toltecas razonaban que, un dios que pide, es un dios mendigo. Ketsalkoatl, en cambio, no necesita que le demos nada, porque existe con independencia de nosotros mismos.
Esta enseñanza implica que todos los ritos, diezmos y sacrificios son inútiles, pues no llegan a un poder allá afuera. En todo caso, sirven para probar la sinceridad de nuestra intención, pero no mueven un ápice la balanza en favor de nuestros intereses de conciencia, porque la conciencia se acrecienta entrando en la lucha por el despertar, no tratando de comprar a Dios con dinero.
Al comprometerse con esta afirmación, los sacerdotes de Anahuac dieron un osado paso en favor de libertad de fe y en contra del dogmatismo.
Ahora bien, que la Serpiente Emplumada no necesite de nosotros, no significa que nosotros no necesitemos de ella. ¡Al contrario! La más preciada de nuestras posesiones, es la conciencia. Desplegar nuestra facultad de percibir el mundo, hasta el punto de poder Ver directamente la Unidad, es un privilegio que sólo los dioses poseen y por el cual vale la pena sacrificarlo todo. Por eso, el siguiente verso afirma:

San koatl san papalotl inankimakaske,
sólo serpientes y mariposas le ofreceréis.

Tomando esta frase en un sentido literal, algunos investigadores consideran que el culto a Ketsalkoatl consistía en sacrificarle serpientes y mariposas. Sin embargo, la alusión es metafórica. El reptil representa al cuerpo físico, debido a que se arrastra por el "polvo" de los pecados. La mariposa es el alma (no en el sentido cristiano del término, sino como la suma de todas nuestras vivencias), pues es capaz de volar hasta el "sol" de la autorrealización. El verso nos exhorta, pues, a dedicar nuestra totalidad a la causa divina.
Parece una contradicción pues, primero se nos dijo que Ketsalkoatl "nada pide" y luego se habla de una ofrenda total. Sin embargo, es precisamente la tensión que se crea entre las nociones de "nada" y "todo", lo que le da fuerza a estos versos. La enseñanza subyacente es que, si bien los poderes creadores del Universo, en su impersonalidad, no necesitan de nosotros, aún así podemos involucrarlos en nuestra personal búsqueda de trascendencia, mediante un gesto de desprendimiento.
Dicha doctrina quedó plasmada en el mito de Nanawatsin, el profeta de Teotihuacan. Se trataba de un hombre en el extremo de la abyección, un mendigo de horrible apariencia, pues era victima de enfermedades venéreas. Pero, cuando los dioses convocaron a los humanos para ver quién se hacía Sol, sólo él tuvo la fuerza para arrojarse a la hoguera.
La clave de Nanawatsin fue que no tenía nada que perder. Y, en lugar de quejarse de su miseria, la usó como oportunidad de trascendencia, transformando su "nada" personal en "todo" cósmico. Eso es lo que significa sacrificar serpientes y mariposas: ceder nuestros apegos personales a fin de alinearnos con el propósito "divino" o universal de la existencia. Carlos Castaneda lo definió como "conmover al Intento".

Conclusión

Hemos visto que los versos del Credo Tolteca tienen una secuencia lógica pues fueron diseñados para llevarnos de la mano a la práctica tolteca, en cuatro pasos.

* El primero define lo Divino en sentido abstracto, como Unidad.
* El segundo le da una definición concreta y operativa, metaforizada en el nombre de la Serpiente Emplumada.
* El tercero deslinda y limpia nuestra relación con lo Divino, al negar cualquier vínculo basado en la necesidad, es decir, en intereses egoístas.
* Por último, el cuarto verso proclama la victoria de la voluntad, que nos mueve a la desinteresada entrega de todo nuestro ser.

Habiendo sido inmoladas la serpiente de las limitaciones físicas y la mariposa de la identidad personal, en el altar de la experiencia extática, Ketsalkoatl y su devoto se funden en un inextricable abrazo, y el interés humano se transforma en causa cósmica.

Articulo de www.templotolteca.com

viernes, 6 de noviembre de 2009

LOS ALTOS MANICOMIOS ROJOS

Verónica Pérez Vega

Habría que enloquecer, Wilhelm,
al ver que hay hombres sin sentido ni sensibilidad
para lo poco que tiene de valor en la tierra.
Goethe

Una noche yo miraba la televisión, cuando se me acercó mi hijo. Evitando que mirara a la pantalla, le espeté: “Sigue jugando en tu cuarto, esta es una película violenta”. Él reaccionó, muy asombrado, preguntando: “Entonces, ¿por qué la ves?”
Parece que no, pero es difícil. Me ha costado adiestrarlo en los códigos de esta lógica adulta enrevesada, donde las palabras poseen no sólo acepciones sino matices de acepciones. Explicarle, por ejemplo, por qué las personas fuman a pesar de la advertencia siniestra en la cajetilla, las complejidades semánticas de algunas palabras. Uno de los retos fue el verbo matar.
Hay lugares cerrados con paredes altas, preferiblemente en las afueras de la ciudad, donde lo que él consideraría agresión está estipulado, podríamos llamarlo natural. Ni siquiera como acto violento tiene mucho gancho, (los homicidios legales no son excitantes). El vencedor se conoce de antemano, la oposición es casi nula, nadie la tiene en cuenta. A pesar de la equivalencia: el cuchillo, los alaridos, la sangre, el acto de desgarrar… tiene en el matarife la exoneración de un cirujano, no importa si en vez de suturar, despedaza.
“No es lo mismo juntar que separar, romper que componer”, me diría mi hijo. ¿Cómo le explico? Las barreras subjetivas no tienen ubicación exacta: se pueden desplazar, se pueden omitir. Quizás por eso hasta las sociedades protectoras de animales, instituidas con fines humanistas, excluyen de su radio de acción a los llamados animales de consumo, no hay diferencia ni en el caso de los cuadrúpedos, aunque esté demostrado que tienen idéntico sistema nervioso que un gato, un perro, o reaccionen al afecto como esas mascotas convencionales. Sin embargo, con agnóstica curiosidad, la ciencia verifica que todos los animales sienten dolor y se cataloga éste un mecanismo diseñado por la naturaleza para la autoprotección, propiciador del impulso de huir de un ambiente nocivo… si es posible huir.

OJOS QUE NO VEN…
Es bien cierto que uno no se identifica con lo que no atestigua o experimenta directamente. Y que se cree sólo lo que se desea creer. La vida es ya bastante ríspida sin imaginar que lo que comemos involucra sufrimiento a alguien (¿o algo?), tal vez por eso he escuchado más de una vez la hipótesis de que los animales carecen de alma eterna. Se dice que a la sentencia cristiana de: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”, Gandhi añadía: “Todo lo que vive es tu prójimo”. Sin embargo, crecí escuchando que la vida se alimenta de la muerte y la muerte de la vida, en un círculo implacable. También fenómenos como la esclavitud, el fascismo, el terrorismo, hasta el canibalismo, cualquier trasgresión de los tan trajinados derechos humanos, que establecen límites virtuales, imposibles de objetivar siquiera a través de la coacción de la ley, son sólo extensiones del uso de esa misma libertad.
La religión, por antonomasia, es la autoridad civil más aceptada en el balance entre el ancestral antagonismo ser animal-ser espiritual, y el cristianismo es la religión que ha conquistado a media humanidad y a la totalidad de la civilización occidental. Por ende, la Biblia es el compendio de textos sagrados más difundido y aceptado en Occidente. En sus páginas no aparece una sola objeción acerca de la matanza de animales, y en cambio en el antiguo testamento sí hay recurrentes ejemplos de sacrificios de ellos. Sin embargo, en unos manuscritos hallados en los desiertos de Judea, conocidos como El Evangelio de los Esenios o los Rollos del Mar Muerto, encontramos un enfoque muy diferente a este asunto. Las siguientes palabras fueron traducidas del arameo por Edmond Bordeaux Székely :
Pero ellos le contestaron: “¿A dónde iremos Maestro? Pues contigo están las palabras de vida eterna. Explícanos cuáles son los pecados que debemos evitar, para que nunca más conozcamos la enfermedad”.
…Jesús respondió: “Así sea según quieren ustedes”, y se sentó entre ellos diciendo: “Fue dicho en tiempos antiguos: ´Honra a tu padre celestial y a tu madre terrenal para que tus días sean cuantiosos sobre la tierra´. Y luego se les dio el siguiente mandamiento: ´No matarás´, pues Dios nos da la vida a todos y lo que Dios ha dado no debe arrebatarlo el hombre. En verdad les digo que de una misma madre procede todo cuanto vive en la tierra. Por lo tanto, quien mata, está matando a su hermano, y de él se alejará la madre terrenal, y le retirará sus pechos vivificadores… Aquel que mata se mata a sí mismo, y quien come la carne de los animales muertos, come del mismo cuerpo de la muerte. Y la muerte de esos animales se convertirá en su propia muerte…”

Los lenguajes indirectos suenan generalmente a abstracciones, metáforas. Y la interpretación es plural. En esta era de robots, ciberespacio, niños índigo, las palabras son simbolismos muchas veces sin savia que traen, no solo el peso semántico sino la memoria de su abuso. La filosofía de una “mente abierta” contra los extremismos del pasado y la culpa, pueden relativizar hasta la peligrosa indefinición. Esta parábola de la madre terrenal que hoy suena casi kitsch, ¿es acaso una alegoría de las enfermedades que aún el desarrollo de la ciencia moderna no consigue extirpar? También el mal ha hecho metástasis y se expande con la misma eficacia que la tecnología.
Por más que se difundan, por ejemplo, los beneficios nutricionales del vegetarianismo: niveles inferiores de grasas saturadas, colesterol, y superiores de carbohidratos, fibra, magnesio, potasio, antioxidantes o los valores inferiores de índice de Masa Corporal, o menores tasas de mortalidad por accidente cardio-vascular; o niveles inferiores de colesterol en sangre, estadísticas en longevidad o niños con mayor capacidad de concentración, aprendizaje, menos enfermedades hereditarias como el asma… son rápidamente barridos por la maquinaria del mercado, las poderosas compañías productoras de carne, la tradición y, sobre todo, la indiferencia.
La propuesta vegetariana como una solución al problema del hambre mundial, ¿cuántos la conocen? Sin embargo se ha establecido una comparación entre las condiciones de espacio, tiempo y mantenimiento dedicados a 1 hectárea asignada a la crianza de una res, por ejemplo y al cultivo de soya (que por su nivel nutritivo ha sido denominada “la carne del siglo XXI”), mientras la res logra en dos años el peso requerido para el matadero, unos 400 kg, de ellos 290 se destinan para la alimentación. Es decir, una hectárea dedicada a la vaca produce 290 kg de alimento, mientras que, de ser destinada al cultivo de soya, produciría 6000 kg de alimento. De este modo, el espacio que produce 290 kg de un alimento en carne, produciría de 6000 a 12000 kg de alimento en vegetales. Como colofón, es sabido que la vertiginosa desaparición de las selvas obedece, entre sus causas esenciales, al criterio de la urgencia por fundar campos para el ganado.
A esta paradoja de la carne, y al viejo mito de la proteína, podríamos sumarle la de que cifras exorbitantes de personas mueran en el mundo por hambre, y entretanto, otros recuperen su salud con prácticas alternativas como el ayuno, asesorados por especialistas en nutrición, y testimonien como el novelista Upton Sinclair: “He hallado una salud perfecta, un nuevo estado de existencia, un sentimiento de pureza y felicidad, algo desconocido para los seres humanos…” ¡¿…?!
He visto reportajes de terror denunciando tradiciones sustentadas en supersticiones insostenibles científicamente, como la de comer carne de gato o perro en algunos restaurantes de Corea del Sur, y bajo ese canon degradante, se les mata con procedimientos lentos, pues creen que las propiedades afrodisíacas de su carne solo se manifiestan a través del stress que genera la adrenalina emitida durante el lapso de tortura. Lo subjetivo de la lógica justifica también que se venda el Foi gras (Paté) plato carísimo que se prepara embutiendo relleno a los patos, vivos, a través de un embudo e hinchándoles el hígado, que alcanza siete veces su tamaño normal. Sin poder moverse, casi ni respirar, quedan indefensos hasta a los ataques de los ratones, por la larga agonía que dura 17 días… cuando al fin mueren. Así también persisten las loas al valor de un torero en un espectáculo atroz, o se apuesta por perros entrenados para destrozarse. O se denomina religión a las prácticas que involucran sacrificios de animales, en ritos que no nos diferencian de tribus salvajes, reemplazando el materialismo que tanto defendemos cuando le descubrimos espacios para la incertidumbre, para la inconsistencia.
No obstante todavía alguien me comentaba que la compasión es una cualidad exclusivamente humana. Da Vinci tal vez respondería a esto: “En realidad el hombre es el rey de las bestias, porque su brutalidad excede la de ellas. Vivimos de la muerte de otros, somos como cementerios andantes. Llegará un momento en que el hombre verá el asesinato de los hombres como ahora él mismo ve el de los animales”. Los records criminalísticos que contemplan un auge de delitos de sodomía, pedofilia, de redes clandestinas de prostitución, la legitimación de la pornografía, la sexualidad precoz, los índices de abortos… quizá nos estén indicando que desde hace siglos la humanidad eligió un atajo peligroso.
Tenemos la lógica del vivisector que en el laboratorio inocula enfermedades a animales para experimentar con su agonía soluciones posibles a las consecuencias de habernos auto-escindido de la naturaleza. Tal vez incluso enfermedades que ya se ha probado produce la misma carne: cáncer, tisis, osteoporosis, cálculos biliares, arteriosclerosis, artritis, embolias, triquinosis, cisticercosis, colesterol, diabetes…
“…Mirad, os he dado toda hierba que lleva semilla sobre la faz de toda la tierra, y todo árbol en el que se halle fruto y dé una semilla que dará otro árbol; éste será vuestro alimento. También la leche de todo lo que se mueve y vive sobre la tierra será alimento para ustedes. Pero no coman la carne ni la sangre que la vivifica”.

EL HERMETISMO INTENCIONAL DE LOS INFIERNOS
Los mataderos son una escara en la civilización. Con sus muros altos para no ver, no oír. En la propaganda de suculentos hambergues, o infinitesimales recetas que contienen carne, no se incluyen jamás videos de cómo se procesan estos “productos”. Los animales no se ofrecen (como se dice a los niños en la escuela con la frase cliché: “La vaca nos da su leche, nos da su carne…” ) a seguir la burocracia instituida para su vida, que termina en el matadero; cuando se aproxima ese momento, tratan de huir, tienen mucho miedo.
La avanzada teoría de los campos morfogenéticos, según la cual dentro de cada especie del universo, sea esta una partícula o una galaxia, un protozoo o un ser humano, existe un vínculo que actúa en un nivel subcuántico, permitiendo que una información pueda ser transmitida al instante, sin mediar efectos espaciales, nos dice que el animal que está en un matadero respira su muerte desde el momento que entra, a través de la muerte de los otros. Y ni siquiera una muerte calculada para evitarles el dolor, como sí se ha diseñado para el hombre con la horca, la guillotina, la silla eléctrica… El famoso ex-Beattle, Paul Mc. Cartney ha dicho: “Si las paredes de los mataderos fuesen de cristal, todos en el mundo seríamos vegetarianos”.
La atmósfera de estos recintos de terror me recuerda a las películas que he visto sobre los campos de concentración, su pestilencia puede percibirse a una distancia de dos cuadras, incluso más, en dependencia de los vientos. En los mataderos de reses los animales son conducidos por pasillos angostos, entre el trato agresivo de los matarifes, hasta el lugar del sacrificio, donde ven cómo matan a los anteriores. Aunque en algunos lugares les disparan a la cabeza con una pistola de aire, que debe insensibilizarlos, la mayoría de ellos no están muertos, y así mismo son atados por una de sus patas a una cadena y alzados por una grúa para sufrir el proceso de desollado. Se les entierra una daga en la yugular, con el objetivo de amortiguar los gritos y especialmente para recoger la sangre, que brota como desde una fuente, mientras son deslizados por la grúa colgando de una sola pata. El desollador se coloca un poco más arriba y pasa su hábil cuchillo por donde pueda arrancar lo más posible de piel. Luego de desollados, y muchos aún vivos, viene el destajo, se les corta la cola, las patas… y al final la cabeza, justo cuando se le pone el sello de origen a la carne. Las vísceras, la sangre y mucho de lo que consideraríamos desperdicios se venden a otras compañías para fabricar subproductos como jabón.
Adentrándonos en juegos aún más sórdidos, la exploración genética compite con la imaginación de esos diseñadores de monstruos que hacen gritar de emoción al público desde sus lunetas. La ingeniería avícola ha creado un animal semejante al pollo, pero sin plumas, para evitar el desplumado, con poco hueso para que predomine la carne en su cuerpo, no se le permite hacer ningún tipo de ejercicio evitando que desarrolle músculos y su carne sea lo más suave posible. Viven hacinados en jaulas, de pie día y noche, sin el espacio mínimo, para echarse en el suelo, y a muchos incluso les crece la piel de las patas con la forma de los alambres incrustados.
Así como en la producción agrícola se acelera la maduración de las frutas por medio de sustancias químicas, también se altera la naturaleza de las crías ganaderas con experimentos, generando como resultado una especie de bomba de hormonas y antibióticos, con abundante masa, algo de animal por las patas, los ojos… y el pánico. Los que mueren durante el crecimiento, son molidos y mezclados con el alimento que se les da a los sobrevivientes, lo cual atrofia su metabolismo, diseñado para una alimentación vegetariana.
Una persona que ha sobrevivido a un accidente, puede referir qué se siente ante la inmediación de la muerte. Cuánta excitación, cuántos desórdenes en el organismo, dislocado el sistema nervioso y segregando altos índices de adrenalina. Esas vibraciones no se disuelven instantáneamente, cuando el cuerpo cesa de respirar. Un ejemplo de ello lo fue la llamada “enfermedad de las vacas locas”, o encefalopatía espongiforme bovina (EEB), y una prueba de cómo lo que consumimos por la boca pasa no sólo a nuestro sistema digestivo, sino entra a formar parte de nuestro sistema mental. Fue diagnosticada por primera vez en 1986 en el Reino Unido, y alcanzó dimensiones epidémicas debido a la inclusión en el pienso de harinas de carne y huesos producidos a partir de desechos de animales, lo que afecta al cerebro de las reses y, en una silenciosa cadena, a los que consumen esta carne infectada, creando la consabida alarma social.
El ayurveda, una ciencia que data de cinco mil años, y cuyo funcionamiento puede ser hoy entendido o interpretado con los conceptos aportados por la física cuántica, contempla cuerpo-mente como un todo indisoluble donde ambos interactúan continuamente. Argumenta que, por ejemplo, la tristeza es transmitida a cada una de nuestras células, debilitando nuestro sistema inmunológico. En algunas cárceles de Europa, se han realizado experimentos con prisioneros de alto riesgo, a los que, introduciéndoseles una dieta predominantemente vegetariana, han disminuido su nivel de agresividad.
Es un hecho que los animales más fuertes de la Tierra son vegetarianos, y, por extensión, pacíficos. Es un hecho que aquello que tenemos que perseguir, amarrar y silenciar con golpes… no nos pertenece. ¿O no se fundamentan en esa misma lógica muchos incisos de nuestras leyes civiles?
Entretanto, la ciencia moderna se preocupa con toda gravedad en escudriñar los niveles de sensibilidad en plantas, insectos, se fabrican instrumentos caros y complejos para detectar las señales de alarma invisibles, inaudibles, que estas formas de vida emiten ante factores de peligro. Estos niveles ya fueron clasificados en la antigüedad en cinco elementos, o tatwas: tierra, agua, fuego, aire y éter. Se plantea que el ser humano posee los cinco en plena actividad, y es el valor más alto en la escala evolutiva, en orden descendente le siguen los cuadrúpedos, con cuatro elementos plenamente activos y el último, el etérico, en estado latente (a éste se le atribuye la facultad de discernimiento, privativa al ser humano). Continúan la escala las aves, con tres elementos activos: agua, fuego y aire, los reptiles e insectos forman el siguiente grupo en que están activos sólo dos elementos: tierra y aire; y entonces, los vegetales, frutas, raíces… que mantienen en actividad un único elemento: el agua. Según esta misma escala, son tres las alternativas de alimentación para el ser humano: dieta satvica o pura compuesta de vegetales, raíces y fruta, dieta rajasica o productora de energías, la cual, a los alimentos vegetarianos, añade la leche y sus derivados (siempre que se use sólo el excedente de la leche del animal, priorizando la alimentación de las crías) y la dieta tamásica o estufaciente que incluye la carne y los licores. La dieta satvica es la que menos pago implica en un orden nominal, puesto que nada está inconexo en la naturaleza y cada acción genera una reacción.
“…Entonces los ángeles también les revelarán sus leyes, para que el Espíritu Santo de Dios descienda sobre ustedes y los guíe hacia su ley”.
Y todos estaban asombrados de su sabiduría y le pedían: Continúa Maestro enséñanos todas las leyes que podamos recibir.
Jesús continuó: “Dios ordenó a sus antepasados NO MATARÁS. Pero sus corazones se endurecieron y siguieron matando. Entonces, Moisés quiso que por lo menos no mataran a los hombres y les toleró que mataran a los animales. Pero los corazones de sus antepasados se endurecieron más aún y mataron a hombres y animales igualmente. Pero yo les digo: No maten hombres ni animales, ni siquiera el alimento que pongan en sus bocas, pues si comen alimento vivo, el mismo los vivificará, pero si matan su alimento, el alimento muerto los matará a ustedes también. Porque la vida proviene sólo de la vida y la muerte proviene siempre de la muerte.” .

Otro documento que propone una conducta civil conciliatoria con anécdotas que aún sobreviven de San Francisco de Asís, con la lógica instintiva de los niños o con la tesis de un Dios sin incoherencias donde la ética sinérgica de la naturaleza es un principio concebido para incluir y no para excluir, es “El evangelio de los Doce”, editado por primera vez en el año 1902 por el reverendo G.J.R. Ouseley, y tampoco incluido en la Biblia. En sus páginas descubrimos a un Jesús amoroso y compasivo, no sólo hacia las personas, sino también hacia los animales:
…Y un día el Niño Jesús fue a un lugar donde estaba colocada una trampa para pájaros, y algunos muchachos se encontraban allí. Y Jesús les dijo: "¿Quiénes han puesto aquí esta red a las inocentes criaturas de Dios? He aquí que ellos serán de igual modo atrapados en una red”. Y vio doce gorriones, que estaban como muertos. Y movió Sus manos sobre ellos y les dijo: "Id y volad y, mientras viváis, acordaos de Mí”. Se levantaron y alzaron el vuelo ruidosamente.
En este mismo texto aparece: Y un día en que iba a lo largo de una senda de monte, al borde del desierto, se encontró con un león al que perseguía una multitud de hombres con piedras y lanzas, queriendo matarlo. Pero Jesús les reprendió con las palabras: “¿Por qué cazáis a las criaturas de Dios, que son más nobles que vosotros? Por la crueldad de muchas generaciones han sido hechas enemigas de los hombres, que en realidad deberían ser sus amigos. Tal como en ellas se hace visible el poder de Dios, también se muestra Su paciencia y Su compasión. ¡Cesad de perseguir a esta criatura! Ella no desea dañaros. ¿No veis cómo huye de vosotros aterrorizada por vuestra violencia?”
Y el león se acercó y se tendió a los pies de Jesús y Le mostró su amor. Y el pueblo se maravilló grandemente y decía: “Ved, este hombre ama a todas las criaturas, tiene poder incluso sobre los animales del desierto, y ellos Le obedecen”.
(…)Le preguntaron también los hombres de armas: “¿Qué hemos de hacer?” Y él les respondió: “No hagáis violencia o injusticia a nadie y contentaos con vuestra soldada”.
Y se dirigió a todos diciéndoles: “Absteneos de la sangre de los estrangulados, de los cuerpos muertos de las aves y otros animales, y guardaos de toda acción cruel y de toda injusticia. Pues ¿creéis que la sangre de pájaros y otros animales puede lavar pecados? ¡Os digo que no! Decid la verdad. Sed justos, sed misericordiosos con vuestro prójimo y con todas las criaturas que aquí viven, y andad humildemente con vuestro Dios”.

Acerca de los padres de Jesús, en el mismo texto se acota: …subían todos los años a Jerusalén para la fiesta de la Pascua. Celebraban la fiesta según la costumbre de sus hermanos, que se abstenían de derramar sangre, de comer carne y de licores. Y una indicación similar se aplica a San Juan Bautista.

TODA INTENCIÓN DE AMOR QUE NOS HABITA…
Es curioso como con las tendencias generalizadas del ego, la autonomía, el valor que sistemas actuales de pensamiento conceden a la experiencia directa, se insista tanto aún en lo irrefutable de los pasajes bíblicos, de los que está demostrado han sufrido alteraciones e incluso mutilaciones según la apreciación subjetiva de los traductores, o el mandato específico de omisión que recibían los correctores. Es una pérdida que mientras se repiten sentencias draconianas con la misma insustancialidad que cualquier consigna, tampoco estén asequibles palabras como estas:
Y Jesús se sentó en medio de ellos y dijo: “En verdad les digo que nadie puede ser feliz, sino el que cumple la ley”.
Y los demás respondieron: “Nosotros cumplimos todas las leyes de Moisés, nuestro legislador, según están escritas en las Sagradas Escrituras...”
Y Jesús respondió: “No busquen la Ley en las escrituras, pues la Ley es la vida mientras que lo que está escrito está muerto. En verdad les digo que Moisés no recibió las leyes de Dios por escrito, sino de viva voz a través de la Palabra Viviente. En donde quiera que haya vida está escrita la Ley. Se encuentra en las plantas y en los árboles, en los ríos, en las montañas, en las aves del cielo, en las criaturas del bosque y en los peces del mar; pero sobre todo, en ustedes mismos. Porque en verdad les digo que toda cosa viviente está más cerca de Dios, que la escritura que no tiene vida. Dios no escribió su Palabra en las páginas de los libros, sino en el corazón y en el espíritu de ustedes. Pero ustedes cierran los ojos para no ver y tapan sus oídos para no oír. En verdad les digo que la escritura es la obra del hombre, mas la vida y todos sus ejércitos, son la obra de Dios. ¿Por qué no escuchan las palabras del Dios Viviente que está escrita en sus obras? ¿Por qué estudian las escrituras muertas que son la obra de las manos de hombres?...”
La visión de un animal “comestible” pastando inocente en un fragmento de hierba, me recuerda nuestra propia fragilidad. Que el hombre juegue a ser el Dios inmisericorde manejando la existencia de otros sin conocer él mismo la libertad, la felicidad permanente, tan expuesto al azar, los acontecimientos, el dolor físico y psíquico, como cualquier animal.
Generaciones de occidentales formados en sistemas laicos, fuimos educados sin el sentido de lo multidireccional. Hoy veo en la literatura, en el cine, argumentos que plantean la opción de perspectivas individuales y las limitaciones de la subjetividad. Es importante no subestimar el hábito, como no lo subestima el monopolio del tabaco que permite ese enunciado casi abstracto, contradictorio, en la cajetilla. O las campañas pro-vegetarianismo, insignificantes ante el concupiscente spot de una Mc Donald. Sin embargo, creo que la disyuntiva de conocer, de elegir, más allá de la inercia, la tradición, o la herencia, ha existido siempre.
En el aire del hoy se respira aprensión… y amenaza. El progreso material pone parche tras parche a una naturaleza violada, que reacciona abriendo abismos bajo nuestros pies, ante los que, con toda nuestra tecnología y previsiones nos defendemos como niños espantados.
Aún si ignoramos la violencia y procacidad que se expande desde pantallas de televisión, computadoras, equipos portátiles, que generan plagas de imitadores y aceleran desgarros en la urdimbre social, (familias disfuncionales, divorcios, aumento en las estadísticas de violencia doméstica, alcoholismo, drogadicción…) un vistazo a la mera condición física del mundo es motivo más que de incertidumbre: la merma de ozono y el impacto de la radiación solar, las emisiones de gases de efecto invernadero, la dependencia energética… La aceleración en los cambios climáticos desemboca en inundaciones, sequías, epidemias. Mientras se emiten pavorosos informes del Pentágono y se advierte de que el calentamiento global de la Tierra puede costar al mundo más que una Guerra Mundial, otros se debaten buscando razones para la esperanza. Bien o malintencionadamente se buscan conexiones entre estos fenómenos y los pronósticos que aparecen en El Apocalipsis o Revelación, de la Biblia: ...Y miré cuando él abrió el sexto sello y he aquí que fue hecho un gran terremoto; y el sol se puso negro como un saco de cilicio y la luna se puso toda como sangre. Y las estrellas del cielo cayeron sobre la tierra… y el cielo se apartó como un libro que es envuelto y todo monte y las islas fueron movidas de sus lugares.
De estos supuestos cambios que se vaticinan tras el final de un día galáctico de 26 000 años, hay también alusiones en el Evangelio esenio:
…y oscurecida será la luz del cielo. …los conductores extraviarán a sus pueblos y destruidos serán los conducidos. Y las brillantes ciudades serán destruidas, y yacerán ahí las bestias salvajes del desierto; se marchitará el heno, faltará la hierba y nada verde existirá sobre la tierra. (…) Y habrá sobre las altas montañas y sobre las altas colinas ríos y torrentes de agua... (…) el sol será en su ruta oscurecido y la luna su luz no hará brillar; y el Señor conmoverá los cielos y arrancará la tierra de su sitio…”
También en una de las narraciones recopiladas por discípulos de San Francisco aparece la descripción de una tormenta que asolará la tierra arrancando un árbol cuya raíz es de oro (dispersos en las ramas del árbol están los frailes menores). La Sexta Profecía Maya anuncia la aparición en los próximos años de un cometa cuya trayectoria pondrá en peligro la existencia misma del hombre. Los mayas veían a los cometas como agentes de cambio que ponen en movimiento el equilibrio existente, para que ciertas estructuras se transformen, permitiendo la evolución de la conciencia colectiva. Y cataclismos similares fueron vaticinados por Nostradamus, por su contemporánea, la Madre Shipton: “Las tormentas y los océanos rugirán, viejos mundos morirán y uno nuevo nacerá…” Por varios astrólogos modernos y reafirmados por Edgar Cacey, el controvertido profeta del siglo XX quien predijo además un patibulario cambio en el eje de rotación de la Tierra que obligará al planeta a reconfigurarse totalmente… Todos coinciden en visualizar para el mundo un parto más feroz que los de anteriores milenios.
Podremos asegurar que los fórceps no han sido nuestra indiferencia…?

martes, 1 de septiembre de 2009

La Cortesía

Michael Lavoy

Etimológicamente, la palabra cortesía está relacionada con “Corte”, y transmite la noción de un comportamiento noble o que participa de la realeza.
Es descortés toda acción que estimule la autoafirmación o separatividad. Las acciones que tienen su origen en el egocentrismo producen excitación de la naturaleza psíquica, son conflictivas.
La falsa personalidad reacciona con autoafirmación ante la crítica. Si esta es positiva aparece la vanidad, si es negativa, la ira o la preocupación. También el desprecio o indiferencia puede provocar una reacción autoafirmativa.
La manera de evitar estas dolencias es la correcta atención. Y la cortesía es el comportamiento que nace de esta correcta atención, es la aplicación de la correcta atención al ámbito de los fenómenos psíquicos o individuales, lo cual ratifica su relación con el Arte Real.
Dentro de la práctica de la cortesía destacan la ausencia de crítica, la no-expresión de emociones negativas, la gratitud, el no hablar de uno mismo y no intentar vender una imagen de uno mismo.
Resulta beneficioso practicar la acción cortés en cualquier momento o situación, ya sea hacia personas, animales o cosas, como también con respecto a las propias manifestaciones psíquicas (pensamientos, emociones) o a aquellas manifestaciones de las que aún no nos hemos apropiado. En el primer caso la acción cortés corta el lazo, mientras que en el segundo evita que se produzca. Y siempre purifica el corazón.
De manera general, se trata de atender correctamente a todos los objetos de atención que se presenten ante la consciencia.

Sobre el Coloquio La Fuente Interior

En la Casa de Escritores del municipio 10 de Octubre, en Ciudad Habana, ha comenzado a funcionar desde el mes de marzo un espacio de reflexión y coloquio titulado La Fuente Interior. Este evento se continuará realizando el último sábado de cada mes a las 4 pm en el local sito en la calle Revolución no. 81 entre Lagueruela y San Miguel (frente al parque Córdoba), en la Víbora.

Estos coloquios se proponen favorecer el intercambio de ideas sobre diferentes temas de la Enseñanza Universal de modo que los participantes puedan vivir una experiencia esclarecedora que se extienda a la vida cotidiana.

El procedimiento que se ha seguido consiste en partir de la lectura de un texto, redactado por los organizadores, el cual sirve de base y guía para la reflexión y el debate. En las tres primeras reuniones se abordaron aspectos nucleares del Simbolismo y los temas fueron: “ Simbolismo y Realidad”, “ El Simbolismo de los Cuentos Tradicionales”, y “Simbolismo y Realización Espiritual”.

A continuación se presentan los textos correspondientes, que han sido redactados en conjunto por dos de los organizadores de estos coloquios: José A. Carballo y Michael Lavoy. Se tiene a bien recordar que los mismos no pretenden agotar el tema sino ser un resorte que active ese surtidor espiritual que constituye el centro mismo de nuestro ser.

Finalmente queremos invitarlos a participar en los próximos Coloquios que a partir de septiembre abordaran el tema de la Transformación de la Conciencia.

Simbolismo y Realidad

Queridos amigos,
En este coloquio nos interesaría dilucidar algo de la complejidad del estado humano: cómo nos encontramos inmersos en la realidad, la interpretamos y la particularizamos.

El hombre actual está familiarizado, aunque sea vagamente, con la noción de que vivimos rodeados de símbolos. Algunos consideran incluso que el hombre mismo es un símbolo muy especial, o que la naturaleza toda es un símbolo. Estas ideas, que quizás hoy nos parezcan muy novedosas, forman parte de una sabiduría tradicional que ha acompañado al hombre desde la más remota antigüedad. Sin embargo, cabría preguntarse si estas afirmaciones son comprendidas en toda su extensión y profundidad por aquellos mismos que hoy las divulgan, es decir, si el mensaje contenido en estas indicaciones es todavía transmitido en toda su pureza original, o si ha sido deformado en cierta medida por obra de la mentalidad moderna.

En su acepción más general, el concepto de símbolo señala la relación de correspondencia existente entre objetos o seres de diferentes órdenes de existencia, en la cual el elemento que pertenece al orden subordinado es siempre símbolo del otro. Por ejemplo, se puede decir que el sol es símbolo de la consciencia clara y despierta, o que el león simboliza la nobleza y el valor, mientras que sería absurdo, por ejemplo, afirmar que un hombre valiente es un símbolo del león.

Un caso especial del símbolo es el signo. En el signo la correspondencia es establecida por convenio, y tiene un alcance exclusivamente sociocultural. Ejemplos de signos son los símbolos patrios, los logotipos, las señales de tránsito, los símbolos de los elementos químicos en la tabla periódica, etcétera.

Todas las imágenes, sonidos, palabras y gestos son símbolos en tanto que hacen alusión o representan alguna cosa. El símbolo es el medio de comunicación por excelencia; permite a los hombres comunicarse entre ellos y con la realidad. Por lo tanto, decir que el mundo es un conjunto de símbolos equivale a negar que exista alguna cosa que sea insignificante.

De acuerdo con lo anterior, resulta evidente que el hombre interpreta y representa la realidad a través de símbolos. Pero, ¿qué entendemos por realidad?

Usualmente llamamos realidad a todo aquello que nos llega, o nos puede llegar, a través de los sentidos o de nuestro método de conocimiento racional, es decir al mundo de los objetos y las ideas en que estamos inmersos. Así, hablamos de una realidad objetiva (el mundo de los objetos) y de una realidad subjetiva (el mundo de las ideas), que diferenciamos. Y tomamos a esa realidad subjetiva por una representación simbólica de la llamada realidad objetiva. Por lo general el hombre moderno considera que vive en esa representación simbólica, y para él el acercamiento de esa representación simbólica a la realidad objetiva es con frecuencia un propósito esencial.

En cambio, al abordar esta relación entre la realidad y lo simbólico el enfoque de la enseñanza espiritual tradicional consiste en reconocer que tanto la realidad objetiva como la realidad subjetiva son la expresión simbólica de una Realidad profunda. Esta expresión simbólica es la Manifestación de esa Realidad correspondiente a nuestro estado de ser.

Para ilustrar la naturaleza de la relación entre la Realidad y la Manifestación o mundo de las experiencias sensibles consideremos el ejemplo de un foco de luz, cuyo resplandor es reflejado por cierto número de espejos de variada forma y calidad. En dependencia del punto de vista en que se sitúe el observador así como de las características particulares de cada espejo, podría decirse que, en algunos casos, el foco ha sido deformado de tal o cual manera, o que se encuentra situado en un punto u otro de un espejo, lo cual no deja de ser cierto en el nivel de realidad relativo a ese espejo; pero si miramos directamente al foco constatamos que, sin importar las modificaciones que puedan sufrir estos espejos y sus imágenes reflejadas, el verdadero foco de luz permanece inalterado, su unidad no es afectada por la multiplicidad de reflejos, y ciertamente no está localizado en ninguno de ellos.

No debemos olvidar pues que el mensajero no es el mensaje, que el mapa no es el territorio. Confundir la Realidad con la descripción o representación de la realidad que nos ofrecen los símbolos es ignorar la función del simbolismo. Este error de confundir el representante con lo representado es muy común, y se conoce como idolatría.

Hay que tener en cuenta además que un mismo símbolo puede servir de vehículo a influencias muy diversas, a tal punto que en alguno casos pueden ser incluso opuestas. Se conoce que el león es tanto un símbolo del Cristo como del anticristo, o que la noche puede representar lo mismo a la ausencia de luz espiritual como al estado anterior a la manifestación, que contiene en sí toda la luz en estado potencial y es conocido en el cristianismo como la Divina Tiniebla.

Quizás un ejemplo más cercano a nuestra experiencia cotidiana pueda arrojar luz sobre este punto. Tomemos el caso de los símbolos más usados en nuestras conversaciones: las palabras. Todos conocemos la realidad a la que hace referencia la frase “te amo”, la pureza y luminosidad del sentimiento al que puede servir de vehículo; sin embargo, esto no impide que la misma frase pueda ser usada como vehículo de influencias muy diferentes, tales como el deseo egoísta, la búsqueda de placer a toda costa, la manipulación, e incluso la indiferencia. Las apariencias también pueden engañar.

Una vez que se ha llegado a desconocer el papel relativo y subordinado del símbolo, es muy fácil caer en el error que consiste en absolutizar el significado de los símbolos.

El símbolo cuyo significado ha cristalizado para nosotros se nos aparece opaco, y en lugar de cumplir con su propósito de transmitir información se convierte en un obstáculo para nuestra correcta comprensión de la realidad. Y esta misma opacidad contribuye a fortalecer nuestra ilusión de que estamos presenciando la realidad y no sólo uno de sus mensajeros. Es así como, por ejemplo, el oro o el dinero deja de ser considerado una de las múltiples manifestaciones de la riqueza para convertirse en sinónimo de riqueza y prosperidad, sin importar que la experiencia nos indique lo contrario una y otra vez. Esta cristalización de significados se conoce con el nombre de prejuicio, estereotipo, o sistema de creencias.

Para leer correctamente un símbolo hay que ser capaz de reconocer el tipo y la calidad de la influencia que está siendo canalizada por él. La calidad está determinada por el origen o principio del mismo, el punto de vista bajo el que se sitúa, y corresponde a la coordenada vertical en una representación cruciforme, mientras que el tipo se refiere al fin o intención, el objetivo que realiza dentro de la multiplicidad. El tipo es una consideración descriptiva (coordenada horizontal) que nada dice de la calidad, por lo tanto, es erróneo considerar, entre dos eventos pertenecientes a un mismo grado de la existencia (plano horizontal), que uno de ellos es superior.

El simbolismo de los cuentos tradicionales

De manera general, se puede dividir el conocimiento que se obtiene a través del pensamiento en sintético y analítico. El conocimiento analítico corresponde al trabajo de la mente concreta, que almacena y organiza las disímiles experiencias e informes de los sentidos. La síntesis es obra de la mente abstracta o superior, que extrae de un conjunto de experiencias particulares las generalidades o normas a las que obedecen, como en el caso de la geometría, que define las características de una figura sin tener en cuenta su tamaño o color sino tan sólo sus relaciones internas y con otras figuras. Así, cuando habla de un círculo, no se refiere a un círculo en particular, dibujado por una persona o perceptible en una formación natural, sino a la idea círculo, cuya vida es independiente de las múltiples manifestaciones que de ella podamos observar. Las ideas trascienden la experiencia sensible, pero allí donde se posan otorgan significado y armonía a esta experiencia.
Las narraciones tradicionales, así como todo el arte tradicional[1], son sintéticas. No se interesan por un hecho particular más que en la medida en que este sea ejemplar, o sea, que manifieste con fuerza y claridad la norma a la que obedece. En otras palabras, un hecho es ejemplar y digno de ser relatado si la presencia del espíritu se hace evidente en él.

Sin embargo, existe una diferencia entre los contenidos de estas narraciones y el de otros cuerpos de conocimiento sintético como las matemáticas o ciencias en general. Estos últimos son el resultado de una elaboración de experiencias pasadas y por lo tanto no pueden establecer nunca certezas absolutas, mientras que las narraciones tradicionales son la manifestación de un conocimiento directo que trasciende a la mente.

En la ciencia tienen lugar procesos de carácter deductivo e inductivo, en cambio los cuentos tradicionales no resultan de la generalización de una serie de experiencias sino que su lógica procede invariablemente desde lo trascendental a lo universal, y desde allí a lo particular. De este modo, en los cuentos tradicionales se emplea la analogía y la alegoría para producir en el receptor el reconocimiento, según su estado de ser, de verdades profundas relativas al alma y a su relación con el espíritu.

En las narraciones tradicionales, el alma atrapada en la ignorancia es representada por una doncella en peligro, o encerrada en una torre, o durmiendo un sueño semejante a la muerte, los monstruos villanos son la representación de las enfermedades que sufre el alma, y el héroe libertador es el espíritu, el remedio universal. Cuando la unión entre la doncella y este “príncipe azul” es consumada, el alma está fuera de peligro y juntos viven felices para siempre.

Una de las características esenciales del simbolismo es que utiliza los elementos de la realidad cotidiana de la época, y esto tiene que ser así necesariamente para que haya una comunicación efectiva. Aquel que no esté apto para recibir el mensaje, interpretará los símbolos en los términos propios de su estado de vida, es decir, de su estado de consciencia, marcadamente ligado a la vida terrenal. Es así como en la actualidad, y ya desde hace siglos, el hombre suele tomar por recursos estéticos o elementos de imaginación poética a la expresión de las verdades universales más profundas mediante ese lenguaje técnico que es el simbolismo, común a todas las tradiciones genuinas. El propósito de estas narraciones no es el entretenimiento, aunque así sea considerado en una civilización que prefiere la vida del placer a la vida de la actividad o de la contemplación.

Esta incomprensión se manifiesta tanto en las versiones modernas de estas historias, en las que muchas veces se modifican o se eliminan completamente elementos nucleares del mensaje, como en las producciones de la llamada literatura fantástica, que al copiar el estilo e introducir elementos de estas narraciones antiguas son tomadas por tradicionales cuando en realidad son expresiones de la mentalidad moderna en un ambiente exótico artificialmente creado. Y es que las narraciones tradicionales no solamente no son fantásticas, sino que son eternamente verdaderas, mientras que los hechos son solo eventualmente verdaderos.

De igual manera, muchos elementos de estos cuentos tradicionales son reducidos a clichés del lenguaje. “Así, nosotros hablamos de un «dicho brillante» o de un «ingenio brillante», sin la menor consciencia de que tales frases se apoyan en una concepción original de la coincidencia de la luz y del sonido, y de una «luz intelectual» que brilla en toda la imaginería adecuada; decimos que «me ha dicho un pajarito» sin reflexionar que el «lenguaje de los pájaros» es una referencia a las «comunicaciones angélicas»”. [2]
A pesar de estas incomprensiones y deformaciones que muchas veces han llevado a considerar estas historias como cuentos infantiles, quien sepa mirar con el corazón reconocerá en ellos la fiel conservación por parte del pueblo de una enseñanza metafísica ancestral, en la que podemos encontrar toda la historia del plan de la redención y de su operación.

Simbolismo y realización espiritual

Como preámbulo a este estudio son convenientes algunas aclaraciones relativas al concepto de realización espiritual. La realización espiritual no es una práctica religiosa exterior, ni el éxito en una empresa de tipo humanitario o en mantener buenas relaciones con los demás, llenas de afecto y compasión, o llevar una vida donde no haya notas discordantes, en un ambiente amoroso y fraternal.

Todo eso no está mal pero puede no estar bien ya que si se establece como meta llega a convertirse en una barrera o coraza que protege de los embates de la adversidad pero también impide la irrupción del espíritu. Lo que se alcanza es un estado de autocomplacencia que alimenta a la personalidad y que puede describirse como dormirse en los laureles.

En adición a esto, esos estados que pueden ser tomados, sin serlo, por una realización espiritual, suelen ser alentados por entidades que están interesadas en mantener al hombre en su actual separación del espíritu, y por lo tanto propagan falsas enseñanzas que ofrecen seguridad psicológica y aceptación del orden de cosas que es familiar.

El rasgo característico de esta situación es que el hombre pierde la real perspectiva de lo que es realización espiritual.

La realización espiritual es la identidad suprema, el perfecto conocimiento de Dios mediante la comunión, que implica el desgajamiento de este orden terrenal de existencia y, si la permanencia en este es necesaria, entonces es estar en el mundo sin ser del mundo.

En el camino de la realización espiritual se distinguen tres etapas que representan un cambio fundamental y estructural del hombre.

En primer lugar debe ocurrir un Renacimiento Fundamental, que consiste en la Penetración del Espíritu como consecuencia del abandono del egoísmo y la egocentricidad, de toda conducta autoconservadora. Este abandono no puede ser el resultado de una decisión personal o un acto premeditado, sólo es posible cuando sin forzar nada y sin exaltación se pierde todo interés por las cosas de este mundo y nuestros intereses se centran espontáneamente en la vida liberadora en la fuerza de la fe y el discernimiento.

En segundo lugar ocurre el Renacimiento Místico: el descenso del espíritu en la personalidad crea un alma nueva, que surge en calidad de consciencia nueva y clara y se caracteriza por una manera nueva de pensar, de querer, de sentir y de actuar, en unión con el espíritu.

La tercera etapa es el Renacimiento Estructural, que comprende el renacimiento de todo el cuerpo material, incluyendo el doble etérico, y su reintegración en su estado divino original.

Existe un cuerpo de conocimiento y práctica ritual que permite la realización de los procesos antes mencionados, es lo que se conoce como Enseñanza Universal, cuyo medio de expresión inherente es el simbolismo.

En su acepción más general, el concepto de símbolo señala la relación de correspondencia existente entre objetos o seres de diferentes órdenes de existencia, en la cual el elemento que pertenece al orden subordinado es siempre símbolo del otro. Considerado bajo esta luz, el simbolismo se revela como una ciencia exacta que permite expresar lo inexpresable del mundo divino a través de los elementos correspondientes de la experiencia humana común.

Esta correspondencia entre los diferentes estados del ser puede ser ilustrada con claridad mediante el símbolo de la cruz, que puede considerarse como la reunión en un tejido de un hilo de la urdimbre y uno de la trama, los cuales representan respectivamente el eje vertical y el horizontal. “la urdimbre, formada por hilos tendidos en el telar, representa el ele­mento inmutable y principial, mientras que los hilos de la trama, pasando entre los de la urdimbre por el vaivén de la lanzadera, representan el elemento variable y contingen­te, es decir, las aplicaciones del principio a tales o cuales condiciones particulares.”[3] Al mismo tiempo la línea vertical representa lo que une entre sí todos los estados de un ser a todos los grados de la Existencia (cuyo despliegue es representado por la línea horizontal), manifestando la correspondencia entre estos diferentes grados.

Esta correspondencia vertical es el principio en el que se basa el uso tradicional del símbolo, ya sea como vehículo de las influencias espirituales que bajan o como soporte para elevarse, mediante su contemplación, hasta la realidad suprasensible de la que estos símbolos son la manifestación perceptible. La división conforme a los sentidos descendente o ascendente es de carácter puramente didáctico, ya que en la práctica se trata de una misma operación considerada, en el primer caso, según su fuente o principio, y en el segundo según su finalidad. La soga que desciende de lo alto, haciendo posible el ascenso hacia su punto de origen de aquellos que se aferren a ella, es una representación muy adecuada de este doble aspecto del símbolo, que es particularmente evidente en el caso del rito.

En efecto, el rito puede verse como una combinación, en el espacio y en el tiempo, de un conjunto de símbolos ordenados para el logro de una influencia espiritual determinada, y cuya comprensión permite el ascenso espiritual.

Finalmente, cabe señalar que cualquiera que sea la modalidad del símbolo, este puede considerarse como un acto ritual. El simbolismo visual puede dividirse en el gesto –movimiento corporal– y en el símbolo gráfico, el cual constituye la fijación de un gesto ritual, y cuyo trazado mismo es con frecuencia un rito que ha de obedecer a consideraciones propias tanto del simbolismo espacial (orientación, ubicación, relación entre las partes) como del temporal (orden de los trazos, ritmo, duración). Por su parte, el símbolo sonoro sólo puede manifestarse durante el cumplimiento de un rito, del cual podría ser incluso el único componente, y tanto el movimiento del ejecutante en el caso del uso de instrumentos musicales como el de las cuerdas vocales al emitir palabras o sonidos simbólicos son propiamente gestos rituales.

[1] Aquí se toma el término “tradicional” en su acepción original y más elevada, en la que se refiere a la transmisión de un elemento espiritual, que supera y gobierna tanto al estado humano como a cualquier otro estado individual, así como a la dependencia esencial de todas las cosas con respecto a los principios trascendentes. Es de esta manera que se entiende que en una sociedad tradicional todas las acciones se cumplen en calidad de ritos.
[2] Citas de A. K. Coomaraswamy, El Simbolismo Literario

[3] René Guénon, El simbolismo del tejido.

martes, 11 de agosto de 2009

Nota editorial

En respuesta al número creciente de personas que se muestran interesadas o comprometidas en un camino de autorrealización espiritual, así como a la ausencia en nuestro país de un marco apropiado de intercambio que promueva tanto la relación entre estas personas como el acercamiento de cada una de ellas a las fuentes de conocimiento, este pretende ser un espacio de esclarecimiento y purificación de la vida de los pensamientos a través del desarrollo e intercambio de ideas relativas al estado humano, su perfeccionamiento y la posibilidad de trascenderlo.

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